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18 ene. 2010

Bocadillos o bocaditos

La comida "étnica" -no sé el porqué de esta etiqueta, aunque supongo que se trata de ser muy finos o quizás políticamente correctos- es una de esas cuestiones que hay que pensarse dos veces antes de acudir a un restaurante. Los ingredientes casi nunca serán los mismos, el cocinero seguramente haya recibido un curso acelerado por Internet y, lo que es peor, nos venderán como "étnicos" platos que no tienen nada que ver con los originales. Hemos topado con la cocina fusión.

Hace tiempo que había oído hablar de Bocadillos. Me lo habían vendido como un restaurante español y, quitando tres o cuatro vinos -desconocidos para mí-, lo que allí disgusté degusté no tiene nada que ver con las tapas (me echo a temblar cuando se utiliza esa palabra para promocionar un restaurante) que se encuentra uno en, por ejemplo, cualquier bar de Madrid o Sevilla. No hace falta mencionar el hecho que el "tapear" es algo muy distinto a sentarse en un local diseñado con cierto gusto, que te sirvan con exquisita educación o, sobre todo, que te presenten una factura con muchos números al final.

El menú -para dos personas- lo compusieron un escuálido pincho de boquerón, una tapa de pulpo -siempre será un misterio para mí el que aquí no se coma más el octópodo, cuando al personal le encanta el pescado crudo- con patatas y diminutas -el tamaño siempre es uno de los rasgos característicos de la cocina fusión- tiras de pimiento, una de bacalao con garbanzos... y una de tristes champiñones. Creo que se me olvida algo más pero lo expuesto y una botella de vino hicieron que la factura final llegase a los 110 dólares, o sea el presupuesto para una docena de burritos y negras modelos en Cancún.

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