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4 abr. 2011

Bob Delaw

Sucedió hace apenas unas semanas. Iba yo tan tranquilo, hablando por teléfono -inteligente, claro- y vi como un coche patrulla orillaba justo enfrente de mí. Mi sexto o séptimo sentido me avisó: la has cagado, amiguito: cruzaste el paso de cebra en rojo. Mierda.

El policía era chino -Chineseamerican, como dicen por aquí- y debía tener pocos amigos, o al menos su jeta así lo dejaba entrever. Con el índice me indicó un espacio en la acera en el que pensaba hacérmelas pagar todas juntas. Allí me sitúe mientras atropelladamente le decía a mi interlocutor que necesitaba dar por terminada nuestra conversación.

El chino, haciendo un exagerado gesto con su mano por encima de su cabeza -evidentemente había oído mi inglés con acento y quizás pensaba que era italiano- me preguntó si pensaba que estaba por encima de la ley -do you think you are above the law?-. Le dije -yo con la policía no bromeo, y menos aquí- que nones a la par que pensaba en cuál sería la altura mínima requerida para ser policía en estos lares. El colega debía andar por el metro setenta, con zapatones de doble suelo de goma, y siendo muy generosos.

A mis disculpas replicó con un sermón de los buenos. Yo pensaba, para mis adentros, dónde se mete el chino cada vez que un coche no respeta un paso de cebra, hecho muy frecuente en esta ciudad donde en lo de ceder el paso son muy romanos.

Total, que abandoné la escena del crimen sin multa pero con la certeza de que los chinos nos tienen cogidos por las pelotas. Bajos y con mala leche, así eran los españolitos.

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