25 sept. 2007

La propina, todo un mundo.

Es, como el baseball, uno de los elementos de la cultura americana que jamás podré llegar a comprender. Aquí se acostumbra a dejar propina en los bares o restaurantes en los que te llevan la comida a la mesa (también en otros servicios como el taxista de esta noche, que tenía un morro que se lo pisaba: cobro dos bajadas de bandera por hacer una parada a mitad de trayecto para dejar bajar a parte de los ocupantes del vehículo).

El porcentaje actual está en el 20 por ciento... y subiendo. Es un tema de discusión continúa con mi mujer. Se llega a dar propina cuando la comida no te ha gustado o incluso el servicio ha dejado de desear pero... es así. La justificación básica de la existencia de este "impuesto" es que los camareros tienen sueldos muy bajos (aunque ahora mismo cualquier sueldo es más alto que el mío).

La consecuencia lógica de la propina es que el peloteo de los camareros es pelín exagerado. Quien haya comido en TGI Fridays -en el de la esquina del Bernabeu, en Madrid, por ejemplo- alguna vez entenderá perfectamente lo que quiero decir.

En fin, supongo que no me queda más que seguir despidiéndome con nostalgia de esos dólares que se quedan en la mesa. ¡Adiós!

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